La pala

Relato incluido en "Al otro lado del cristal"...



1

    Y decían que llovería. ¡Ja! —decía Max sin dejar de cavar con energía. Aunque igual le hubiera valido que su viejo compañero de andanzas no hubiera estado allí con él, pues siempre le daba por parlotear sin parar cuando se sentía nervioso; es decir, viniendo de Max, la viva imagen de la parsimonia hecha carne y huesos, casi nunca. Daba igual lo que fuera, cualquier trivialidad con tal de mantener la mollera ocupada: un mítico partido de los Red Sox, comentado y analizado ya hasta la saciedad, o el debate acerca de esos dos nuevos patanes que optaban a la candidatura para hacerse con el condado, o, por qué no, la dichosa meteorología, tan socorrida en estos casos—. Ya me decía mi instinto que el paraguas debía quedarse en casita. Pero es que hay que ser muy ceporro, no hay más que levantar la barbilla y fijarse en este cielo. Claro que con esos del tiempo es como acertar una maldita quiniela…
    A unos pocos metros, fuera del hoyo, Raymond Fuller, sentado junto al montón de tierra húmeda ya extraída, constituía la escena opuesta: en su caso, un hombre extrovertido y acelerado, capaz de volver loco al más templado, se mostraba en esos momentos en el estado más calmoso y relajado, rezumaba paz interior por cada uno de sus poros. Ni siquiera escuchaba a su amigo. Oía sus palabras, pero como parte de ese murmullo silvestre que los rodeaba, y las sentía lejanas e ininteligibles como el canto de un pájaro. Contemplaba extasiado las distantes y difuminadas inmediaciones de aquel majestuoso claro, con la mirada posada en ese verdor tan sugestivo, puesta en un punto y a la vez en ninguno, confortado ante aquel apacible clima cálido. Y disfrutaba de un Camel. ¡Diablos!, para ser su último cigarrillo sabía a gloria bendita. «Que me parta un rayo si no es el mejor que he fumado nunca», se dijo, perdido en su universo propio.
    Bajo ese radiante sol en su ascenso, las copas de los árboles eran mecidas por el viento estival. Las ramas más cercanas, entrelazadas en ese suave vals, podían oírse crujir en la quietud de aquel vasto paraje. Aunque si hubiera que nombrar a un sonido como protagonista de la mañana, ese era el de la pala.
    Max continuaba cavando, sin dejar de decir memeces por esa boca, echando cada vez más y más tierra fuera. Aunque ancho y hondo, todavía el agujero no había adquirido la profundidad suficiente. Aún se le podía ver a este, sobresaliendo de busto para arriba, afanado en su labor. Pese a la excitación, se sentía bien, más vivo que de costumbre. Tenía la impresión de no haber hecho nada a derechas en toda su vida, de no servir para una puñetera cosa, de haber malgastado sus años holgazaneando como un perro callejero que rebusca en la basura cuando tiene hambre y se pasa el resto del día tumbado al raso. Esto era distinto. Esto era… importante. Y si los nervios le atenazaban el estómago no era sino por la palpitante sensación de, aunque solo fuese por una maldita vez, querer hacer las cosas bien, como es debido. Era evidente su entrega, se sentía honrado ante aquella simbólica responsabilidad que sobre él se había depositado. Cierto aire a ritual se respiraba en el ambiente, y por Dios santo que no permitiría el más mínimo error. No, no más cagadas. No esta vez, al menos.

    Fuller pegó su última calada, aspirando hasta muy adentro de sus pulmones, deleitándose de ese fino sonido: el amodorrado crepitar de las virutas de hierbecilla prensada al quemarse. Y soltó el humo en una lenta bocanada, antojándosele como el néctar de un paraíso otoñal, despacio, muy despacio, cubriendo su rostro curtido por una máscara fantasmal, blanquecina, achinando sus párpados tras el paso de esa especie de autocaricia etérica. Y la sensación fue placentera. Y mientras la última brizna de humo se perdía en el aire, insignificante, le vinieron a la memoria las palabras pronunciadas por un anciano chamán indio que escuchó cuando era niño, uno de esos tantos efímeros recuerdos que, sin saber por qué, quedan atrapados en nuestra psique: «El humo es sabiduría».
    Aplastó la colilla en el suelo y se puso en pie.
—Deja, ya has hecho bastante.
Max se quedó congelado, las manos todavía aferradas como garras al mango, los brazos entumecidos por el esfuerzo. Unas manchas oscuras de sudor le surcaban la camisa en la parte de las axilas, por no hablar de la espalda, en donde la tela, cual papel a una magdalena, se le adhería como una segunda piel.
—¿De qué estás hablando? —logró vocalizar por fin.
—La última parte me corresponde a mí, ya lo sabes.
Sí. Ya lo sabía, aunque no le gustase reconocerlo.
—Bien. Tú mismo, socio —dijo Max desde la cara más polvorienta jamás vista, tratando de sonreír sin mucho éxito.
Dejó la pala pinchada en la arena y se sacudió los pantalones. Luego estrechó la mano de Raymond que, desde arriba, le ayudó a salir. Durante unos atemporales instantes, ambos se quedaron mirando hacia abajo, erguidos ante el agujero.
—No está mal —dijo Raymond al tiempo que palmeaba el hombro del otro, haciendo saltar otra nubecilla de polvo—. Has hecho un buen trabajo.
Max no dijo nada, se limitó a seguir mirando como hipnotizado las profundidades de la tierra, llena de salientes y raíces.
Ahora fue Fuller el que tomó el relevo. Saltó a la fosa, tomó la pala y, cogiendo aire, comenzó a cavar.

Media hora más tarde, el agujero estaba ya más que listo.
Uno y otro se miraron y, sin que hiciera falta decir nada, supieron que el trabajo estaba hecho. Fuller tiró la pala por encima del agujero y, sin más, se sentó entre aquellas paredes de tierra, pensativo.
—Voy a darme una vuelta por ahí detrás —dijo Max de improviso partiendo el silencio, señalando con un gesto de cabeza aquellos frondosos árboles que se veían un poco más allá, pues sabía que el momento había llegado y, para no hacer la situación más difícil, decidió concederle su merecida intimidad—. Me vendrá bien estirar un poco las piernas.
Raymond se le quedó mirando durante algunos segundos desde unos ojos que, sin palabras, transmitían un inquebrantable y sincero cariño.
—Me parece perfecto.
Sin más dilación, y como lo más natural, se marchó, alejando sus pasos de allí.
Un par de minutos más tarde, Fuller se sorprendió al ver regresar a su amigo tras sus pasos.
—Ray… —dijo Max asomándose al agujero.
—¿Sí? —se oyó al otro, volviendo la vista hacia su amigo, sentado por debajo de la superficie, extrañado.
—No tendrás un pitillo, ¿no? Me quedé sin tabaco.
Raymond le dedicó su sonrisa más blanca.
—Claro. —Se sacó su paquete de Camel arrugado del bolsillo, se lo lanzó y, cuando el otro lo cogió al vuelo, añadió—: Quédatelo.
—Gracias.
—A ti, Max. A ti.
Max se instaló un cigarrillo en la comisura de los labios y, tras encendérselo, guardó el manoseado paquete en un bolsillo del pantalón. Durante algunos segundos se quedaron mirando fijamente en una perfecta simbiosis. Y después de ese instante incierto, no fue un «adiós» lo que de la boca de Raymond salió; sus palabras exactas fueron:
—Hasta luego, Max.
—Hasta después —le correspondió Max, volviéndose de espaldas, ahora sí, echando a andar en dirección hacia el bosque.

Pasados algunos minutos, una vez solo, en el lugar elegido, Raymond se tumbó sobre la tierra húmeda. Desde la perspectiva de su posición, aquellas paredes naturales que lo cercaban conformaban un trozo rectangular de cielo. Lo contempló, y cerró los ojos. Y en la oscuridad, percibió el entorno que lo rodeaba con sus otros sentidos, intensificando así la percepción. Sin apenas moverse, acarició su lecho, y enterró sus dedos, removiéndolos bajo la tierra, sintiendo su textura, abrupta, salvaje. Respiró hondo, oliendo ese agradable aroma terroso. En la distancia le llegaban los susurrantes chirridos de la chicharra, el piar de unos jóvenes estorninos hambrientos desde su nido, el lamento del viento arrastrado por suaves rachas, como un triste eco condenado a vagar eternamente.
Volvió a abrir los ojos, reencontrándose con ese pálido celeste despejado y sin nubes.
Alargó un poco la mano y, sin siquiera girar la vista, rebuscó en su chaqueta —tirada y sucia a su vera— hasta, llegando a palpar el frío metal, dar con lo que buscaba. Agarró el Colt Python 357 Magnum por la culata y lo hizo descansar sobre el pecho, sintiendo su peso, como si, cual sacerdote con su breviario, pareciera encontrar en él el camino hacia la liberación. Luego apoyó el extremo de aquellas ocho pulgadas de cañón por debajo del mentón, justo encima de la nuez. Y, con las retinas atrapadas en ese límpido celeste, borroso por la humedad de sus ojos, murmuró para sus adentros:
—Qué día tan hermoso.

2

No muy lejos de allí, Max paseaba entre la arboleda. Robles altos cubiertos por un camuflaje de musgo en su corteza. Bajo la colorida fronda, el rostro del hombre era un mapa de luces y sombras.
De repente, justo cuando aspiraba su última calada, el estruendoso eco de un disparo resonó en la distancia, expandiéndose rápido como una maldición. Bandadas de espantados pájaros, con el corazón en la boca, salieron de sus escondrijos flechados hacia el cielo. Y tras la fugaz estampida, el bosque enmudeció. Por una fracción de segundo, fue como si todos los seres vivos de la creación se hubiesen sobresaltado. Todos, sin excepción… Todos menos Max, que en su cabeza, casi esperando la señal, se detuvo en seco y soltó el humo como si nada, ahora más relajado.
—Bueno, ahora sí.
Dejó escapar la colilla de sus amarillentos dedos, la aplastó con la bota, y restregó la suela contra la hierba con un par de movimientos secos para asegurarse. Y, acto seguido, como un autómata, giró sobre sí y comenzó a caminar. Desanduvo lo andado hasta por fin llegar al punto de partida.
Una vez de vuelta en el claro, verde y soleado, se detuvo al borde de la fosa y se asomó hacia su interior.
El cuerpo de su amigo reposaba en su lecho. Pese al feo destrozo, más en el cuero cabelludo que en cualquier otro sitio, estaba entero, y la expresión de su rostro, una profunda mezcla de bienestar y esperanza, lo decía todo. Un hilillo de sangre le caía de su boca, entreabierta en una sonrisa dulce. A través de sus ojos, bien abiertos al vacío, su mirada todavía seguía perdida en ese cielo.
Y, observando este último detalle, Max, con los ojos puestos en los de aquel curioso personaje de la infancia, se obligó a no pensar esa imagen estúpida y desafortunada que, sin quererlo, se le venía a la mente de una forma sibilina e infantil. Y como no quiso concebirla, su conciencia, respondona y deslenguada, pronunció las cuatro palabras prohibidas de forma inevitable: «Imagina que te mira».
Un escalofrío le recorrió el brazo. Y se dijo que era el viento.
Suspiró con indiferencia, relegando las fantasías al cajón de la basura. Fue hasta el montón de tierra, cogió la pala y la llenó cuanto pudo. Y la primera palada de tierra enterró el resplandor de unos ojos abiertos hacia el mundo.
Luego vino una segunda.
Y otra.
Una cosa era cierta: el Raymond que conocía ya no le hablaría más acerca de esas novelas baratas que tan a menudo leía…
Y otra.
… ni pasaría otro día más frente a su porche saludándole con ese cómico guiño de ojo desde su coche…
Y otra.
… ni se emborracharía con un servidor…
Y otra.
… ni… ni… Ya nunca más le escucharía tararear esa canción que tanto le perseguía con su clásica estrofa de Hey Jude.
Desde una visión práctica y fría, poco a poco pero sin pausas, Max fue encargándose de terminar el trabajo. Eso de ahí abajo ya no era su Ray. Tal vez un pedazo de carne en la primerísima fase de descomposición, una futura productiva fábrica de gusanos, pero nada más. Su Ray ya no estaba. No allí, al menos.
Cuando toda la tierra estuvo de vuelta en su lugar de origen, bien esparcida y allanada a golpe de pala, descansó algunos minutos, doblado hacia delante, empapado en sudor, jadeante. Después, más repuesto, se irguió y se dispuso a marcharse. Y, a punto de hacerlo, se percató rápido del descuido; la pala, allí tirada un poco más allá sobre la hierba, parecía querer decir: «¿Ya te olvidabas de mí?».
El día menos pensado me dejo la cabeza, pensó algo fatigado.
Agarró a esta por su mango y salió por piernas del lugar.
Medio kilómetro más allá, Max terminó de cubrir la distancia de vuelta a la carretera. Sí, y allí estaba, su Land Rover del 66, esperándole. No le había dado por largarse sin él. Echó la pala en la parte de atrás y se sentó al volante. Respiró hondo. Giró la llave en el contacto, pisó la palanca y, para no perder las malas costumbres, luchó tres o cuatro asaltos con aquella máquina del demonio. Y esta se resistió a ser sometida sin antes gruñir y quejarse un poco, amenazando con dejarlo tirado en su lenguaje de jadeos ahogados.
—¡Hija de la gran…! —Un puñetazo en el salpicadero.
Y, como esos tantos milagros sin una lógica cercana, el motor entró en funcionamiento con ese horrible traqueteo. A veces se preguntaba cómo no le había prendido ya fuego a esa vieja cafetera con ruedas. Y siempre la respuesta le sobrevenía de inmediato: porque, en el fondo, amaba su tozudez, porque, como ella, se resistía a evolucionar. Había quien decía eso tan repetitivo de renovarse o morir, adaptarse a los nuevos tiempos o extinguirse, pero… ¿alguno de sus charlatanes favoritos se había parado un puñetero segundo a conocerla? Sí, era vieja y estúpida la muy zorra, pero después de toda una vida aún se mantenía en pie, resistente y dura como una mula.
Media vuelta con el coche y se puso en marcha de regreso al pueblo, perdiéndose en el lejano espejismo líquido del aire caliente sobre el asfalto.

Tras su partida, el silencio volvió a cubrirlo todo. Lejos de allí, en mitad del claro de un bosque, una porción marrón rectangular contrastaba entre la inmensidad verde. No obstante, no muchas estaciones tardaría el paisaje en recuperar su equilibrio, pues, para que la hierba creciera saludable, el mejor de los abonos fertilizaba ya la tierra.

3

Por fin, tras un buen rato de monótona travesía, divisó el desvío. Accionó el intermitente derecho y se metió en esa condenada carreterilla secundaria. Si el alcalde hubiese sido otro, mejor le irían las cosas al pueblo. ¿Por qué diablos no le habían echado ya su buena capa de alquitrán? Si en algún momento lo habían considerado siquiera para llevarse a cabo, llevaban ya más de una década de retraso. ¡Maldita sea!, tenía grietas hasta en las grietas.
Más adelante, enfilando las primeras casas allá en el horizonte, Max traspasó el gran letrero metálico que anunciaba la entrada al pueblo (si es que a aquella comunidad se la podía considerar como tal). Desvencijado y medio comido por el oxido, las letras en él, apenas un triste borrón de los días en las que fueron pintadas, rezaban:

BIENVENIDO  A

Las siguientes —la palabra de más abajo— quedaban ya totalmente borradas por el transcurso del tiempo y las inclemencias naturales. ¿Acaso no le ocurría algo parecido al pueblo con su historia? ¿Qué otro destino podía depararle sino el anonimato? Si en algún momento había poseído una identidad propia como colectivo, hace ya mucho que la había perdido.
No fue hasta esa mañana cuando Max, abriéndose camino por la calle principal, percibió ese nuevo huésped, ese nuevo habitante en el pueblo:
El silencio.
¿Había habido antes una ausencia tal de personas en el mismo seno de…? Tal vez. Probablemente. En cualquier caso, nunca antes había reparado en ello. Puede que fuera la primera vez que esa sensación de vacío le sobreviniera sin aviso previo, esa sobrecogedora impresión de sentirse solo en su propia casa.
Necesito un trago.
Fue hasta la calle Lennon y aparcó el coche donde pudo.
—Buenos días —le saludó Kody Sandler desde un banco, asomando sus gruesas lentes de detrás de un periódico abierto, tan proclive como de costumbre a desatender su negocio de comestibles.
Max le devolvió el saludo con la mano, casi por acto reflejo y sin mirarlo. Se subió a la acera y comenzó a caminar calle arriba, inmerso en sus reflexiones.
¿Desde cuándo?, se preguntó. ¿En qué momento empezó todo?... Sí, ya lo sabía. No con toda la certeza del mundo pero, de algún modo, lo sabía… ¿Dos meses? Mmmm, no, no tanto. ¿Dos semanas? Mmmmm, no, no, algo más... Un mes. Más o menos. Algo más de un mes, casi seguro. Desde que eso hubiera venido para ayudarlos… Desde que eso —aquello de lo que no se podía pensar en voz alta— hubiera venido para salvarlos de sí mismos.
Distraído, vio a la sensual Amanda cruzar la calle en dirección hacia la ranchera de su marido, Bob Turner, uno de los tipos con más mala fama: el dentista local.
Finalmente, un poco más arriba, llegó al ansiado bar de Dell.
Otra vez, cuando entró por su puerta, le asaltó la misma sensación de antes. El local estaba desolado. Muchas cosas empezaban a cambiar en el pueblo, cada vez más evidentes a los sentidos. Atravesó la estancia, y, mientras lo hacía, le resultó extraño el propio sonido que producían sus botas en el parqué, resonando más de lo acostumbrado entre tanto mutismo. Acomodó el trasero en un taburete alto y se apoyó sobre la barra.
—Muy buenas —saludó Max.
Al otro lado de la barra, Dell, sin inmutarse, continuó sin levantar la vista de aquellos vasos que secaba con un trapo.
—¿No hay música? —preguntó Max tras un silencio incómodo, más por romper el hielo que por curiosidad.
—¿Tan temprano? —contestó Dell con su clásico tono áspero. El enmarañado bigote le daba un aspecto más sombrío si cabía.
—Sabes, acabo de ver a la Turner.
—Ajá.
—No me digas que no has soñado alguna vez con doña caderas.
—¿Qué coño quieres, Max? —Dell lo miró a la cara, dejando de lado el trapo.
—¿Qué?
—Sí, que para qué viniste.
—Para qué va a ser, viejo bobo, para charlar un poco. Pasaba por aquí cerca y me dije: «voy a ver qué tal le va al cascarrabias de Dell».
—Ajá.
—¿Cómo ajá? ¿Es que solo sabes decir eso?
—Déjate de tonterías, Max, y suéltalo ya.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué tengo que querer algo?
—Como quieras —dijo el otro volviendo al secado.
Después de un largo minuto de silencio…
—Bueno… ¿me pones una?
Dell dejó los vasos y se le quedó mirando por unos instantes.
—Una qué, ¿una Amanda con ketchup y patatas?
—Venga, Dell, no me jodas. He tenido un día demasiado intenso.
—¿En serio? Pero si apenas acaba de empez… —se interrumpió de repente, cayendo en la cuenta de algo, percatándose del día que era por un detalle. El detalle lo tenía delante, sobre su maldita barra. Y eran las grandes manazas de Max, sucias y polvorientas de tierra. A continuación, cogió una jarra, la puso bajo el tirador de cerveza y la llenó hasta que la espuma tocó el borde. Y, poniéndosela por delante, añadió, dando la impresión de haberse quedado sin aliento—: Procura no acostumbrarte.
Pero Max no se la llevó a la boca todavía. Pensativo, pasó los dedos por la jarra, dejando unas líneas transparentes en el cristal, empañado por el frío. Y, de improviso, cabizbajo, giró la cara a un lado, posando los ojos en el taburete contiguo, vacío.
—¿Qué pasó con el bueno de Ray? —preguntó Dell como adivinándole el pensamiento desde una voz piadosa.
—Nada… Ya pasó al otro lado.
—Bien por él —dijo Dell desde unos ojos brillantes y evocadores, perdidos en un punto imaginario.
—Anda, pon otra.
Sin contestarle siquiera, este otro llenó otra jarra y se la puso junto a la primera, todavía sin empezar. Max, un poco molesto por la equivocación, la cogió por su asa y la desplazó un poco sobre la barra, colocándola justo frente al taburete vacío de su derecha.
Dell prefirió mantenerse callado, respetuoso.
Max agarró su jarra.
—¿Tú no bebes?
—… Sí —tardó unos segundos Dell en responder, como volviendo en sí—. Claro que sí.
Se sirvió una cerveza. Y, a continuación, se entrechocaron ambas jarras.
—Por Raymond Fuller. Un amigo.
—Por Ray. Un hermano.
Acto seguido, en esta ocasión Max entrechocó su jarra con la otra sobre la barra, pareciendo honrar a un acompañante simbólico. Y después bebió, refrescando sus labios tibios y resecos, calmando la sed, el desierto de su garganta, con una rubia de malta bien fría. Y casi se la bebió de una vez.
Cuando terminó de vaciarla, empezó con la otra junto a él, esta vez saboreándola más despacio.
—Dios, qué cosas —dijo Dell al poco hablando consigo mismo, la mirada ida y el bigote lleno de espuma—, me pregunto qué será lo que le pasa a uno por la cabeza en el último momento.
En el caso de Ray, Max sí lo tenía claro: una hija de puta del calibre 9. 

—Si no me equivoco, eres el siguiente, ¿no?
—En efecto…, te equivocas —replicó Max.
—¿Quién, entonces?
—Dexter.
—… ¿El farmacéutico?
Max asintió con la cabeza.
—Su apellido empieza por la misma letra —afirmó Dell, acordándose del detalle.
—Así es.
—¿Pero?
—Pero yo soy Godman, y él es Gibson… Dexter Gibson —explicó Max, remarcando la «i» en Gibson y la «o» en Godman.
—Dexter Gibson… Max Godman… —repitió Dell despacio, empezando a verlo—. Vale. Entiendo.
Fuera, tras el escaparate, insólitamente, el día comenzaba a nublarse.
—Cuándo —fue lo siguiente que dijo Dell.
—Pasado mañana.
—¿Y tú?
Silencio.
—Para la semana que viene ya —dijo Max, apurando su último trago. En efecto, como sabían, el fin de semana caía de por medio y, al menos allí, en el culo del mundo, si algo se respetaba, eso eran los fines de semana—. El lunes.
—Te deseo suerte, entonces —dijo Dell, circunspecto, recogiendo las tres jarras vacías y echándolas en un barreño lleno de agua con jabón.
—Gracias.
Un suave chisporroteo empezó a dar de lleno en el amplio escaparate.
—Dell —dijo Max a continuación, agarrándole una mano a este, sin que el barman se lo esperara.
—Dime.
Ambos se traspasaron con los ojos.
—¿Querrás…?
—Será un honor —le contestó Dell con un intenso fulgor en la mirada.
—Gracias.
—Allí estaré, en la puerta de tu casa, con la primera luz del alba.
—Gracias —repitió Max, y le estrechó la mano.
Un relámpago iluminó la repentina penumbra de la mañana, y su posterior trueno retumbó con fiereza, poniendo al pueblo en sobre aviso. Y la lluvia no se hizo esperar, empezó a caer con más fuerza.
—¿No querías música? —dijo Dell soltando su mano, intentando quitarle hierro al asunto—. Pues ahí la tienes.
—Me las apuntas en la cuenta, ¿vale? —dijo Max encaminándose hacia la puerta.
—Ya.
Al llegar a la puerta, se quedó mirando a través del cristal, viendo cómo un gato se guarecía bajo un coche del chaparrón que caía impasible.
—Lo sabía —dijo Max—. Fue levantarme esta mañana, oler el aire, y mi instinto me dijo que para hoy daba agua. Y, para otras cosas no sé, pero en estas cuestiones ya sabes que rara vez se equivoca.
—Ya —dijo Dell para sí, mordiéndose el labio.
Max agarró el pomo y lo hizo girar, y al tirar de la puerta, una bofetada de viento frío le sacudió la cara. Aspiró hondo el aire y lo exhaló. Y, antes de desaparecer, dijo por último:
—Por cierto, cuando acabe todo, puedes quedarte con la pala.
Y, sin más, se marchó.
Unos minutos después, Dell, en la soledad de su establecimiento, cercado de sombras y silencio, masculló para sí:
—Una pala… Sí. Ese es el único legado que heredaré de vosotros. Eso y una montaña de facturas pendientes.


Max bajó por la calle Lennon, pasó de largo junto a su Land Rover y siguió hacia adelante, sin importarle una mierda volver a casa hecho una sopa. Y, paseando por las callecillas de ese mísero pueblucho sin niños y más adelante, muy pronto, también sin viejos, sus pensamientos volvieron a la pregunta con la que se despertó esa misma mañana:
¿Por cuántas manos habría pasado ya aquella maldita pala?
Sinceramente, lo ignoraba.

Max se perdió en la tormenta.
Muy pronto para él, al igual que para el resto, todos los días serían blancos y soleados.







© Juan Manuel Peñate Rodríguez 2013. Todos los derechos reservados.
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